Puerto Rico me hizo un hechizo

Carolina Aguayo Plá


El aroma a café me despierta y el sol resplandeciente me arropa mientras paseo por la casa de abuela Aída. Las ansias me llevan hacia una brisa encantadora que me peina el cabello en la cocina donde me reciben unos ojos verdes. Estoy muy alegre dando brincos de emoción en la cocina con una camiseta de manga corta, un pañal y una gran sonrisa. En la ventana hay un pájaro pequeño con un canto hermoso y en puntillas lo trato de observar pero apenas logro que mis ojos pasen del marco de la ventana. No logro comprender las limitaciones que trae mi estatura y lo más que deseo es ser grande como el resto de mi familia. Aún soy demasiado baja para sentarme en la mesa de madera; sin embargo, persisto, uso un cojín para elevarme, y  me siento en la mesa con un beso de mi abuela marcado en mi frente y  con la cara cubierta por la pulpa amarilla de un mango. Mi ambición logra convencer a mi abuela de que yo debería ayudarla a cocinar la farina para el desayuno mientras los demás familiares comienzan a despertarse. Desafortunadamente, en la mesa de abuela no cabe toda la familia, algunos toman el desayuno en la terraza sentados en una butaca o parados en la cocina. Sin importar cómo nos acomodemos en la casa, siempre finalizamos la mañana sentados en aquel sofá enorme que nos acaricia con memorias dulces antes de comenzar nuestro día de playa. Los días se hacen cortos cuando se pasan bajo el sol en la orilla del mar y mientras cae la tarde nos encontramos seguros en nuestra casa con la barriga y el corazón llenos. Sin embargo, para llegar a este punto de satisfacción y contentamiento en nuestra historia familiar tuvieron que pasar varias tragedias para crecer como una familia unida y rica en cultura, experiencia y resiliencia. 

La infancia de mi abuela en la República Dominicana durante la dictadura de Rafael Trujillo fue definida por años de incertidumbre y mucho miedo para su familia y su país. En aquellos momentos difíciles, su familia lograba crear memorias alegres mientras inventan sus propias recetas con los ingredientes que tenían a  su disposición. A pesar de todas las vicisitudes del mundo exterior, lograron crear en su casa un ambiente mágico en el que encontraban un refugio porque la comida era motivo suficiente para juntarse y celebrar la vida. Luego de varios años de trabajo arduo y esfuerzos incansables para superar su circunstancia, mi abuela y sus hermanas emigraron a Puerto Rico para escapar de la dictadura en la República Dominicana. Al establecerse en Puerto Rico, ellas crearon un negocio de vender buñuelos utilizando la receta familiar para poder mejorar su situación socioeconómica y crear una mejor vida para su familia. La habilidad de cocinar les abrió a mis familiares muchísimas puertas; las artes culinarias salvaron a mi familia del desamparo. 

Con el pasar de los años, las tradiciones dominicanas de abuela Aída se fueron incorporando con las tradiciones puertorriqueñas para transformar la cocina y crear nuestras tradiciones familiares como bailar en la terraza las danzas típicas de Puerto rico y de la República Dominicana: merengue, bachata, salsa, el perico ripiao y el reggaeton. Al igual que muchas otras familias puertorriqueñas, nuestro modo de vida está influenciado por las tradiciones y vivencias de nuestros vecinos caribeños; esto ha causado que nuestro modo de hacer recetas y trabajar con distintos ingredientes haya cambiado con el transcurso de las décadas y las nuevas influencias culturales. En la República Dominicana, en los 1940, no había una variedad de productos enlatados ni procesados y los ingredientes a la disposición de mis familiares eran orgánicos. Para hacer moro de guandules con coco tenían que recolectar los gandules de un lomillo y los cocos de una palma. Con el pasar del tiempo, el libro de recetas familiares se ha modificado, además de la adición de las recetas puertorriqueñas, se han buscado formas de facilitar el proceso de cocinar recetas dominicanas con los ingredientes encontrados en el mercado de hoy. Lo que antes respondía a la necesidad de sobrevivencia, ahora se ha convertido en un arte que mi abuela recuerda y que ha inculcado en mí. Mis familiares y yo tenemos el privilegio de usar nuestra creatividad en la cocina por placer y no como resultado de la necesidad de tener que arreglárselas con los ingredientes escasos que ellos tenían a su disposición.

Puerto Rico encierra entre sus raíces nuestra hermosa historia familiar y la riqueza de nuestras tradiciones multiculturales. Las raíces además abrazan a toda una comunidad grande multicultural con humildad  y apreciación. Mi hogar es donde el aire se siente liviano, pero contiene tanto amor que se torna profundo y el cantar de las aves se ve reemplazado por estruendos de risas. En Puerto Rico los vejigantes en estancas bailan bomba al ritmo de los tambores durante las fiestas patronales en la plaza municipal. Tenemos las Navidades más largas del mundo que comienzan en noviembre y terminan en enero después de las octavitas y las fiestas de la calle San Sebastián. Mi familia sale a chinchorrear por la isla a comer frituras y lechón durante estos meses. Una tarde perfecta para mi familia es aquella que  se pasa en el Viejo San Juan volando chiringas y comiendo piraguas junto a todos mis tíos y primos. Puerto Rico nos arropa mientras la melodía de los coquís nos acompaña cuando jugamos dominó y briscas en la terraza con la piel bronceada y los cachetes rojos después de correr en bicicleta con la pandilla del vecindario y de nadar en el río. Conmemoramos el tiempo del año en el que el trabajo se acaba más temprano de lo usual con fiestas grandes y mucha comida en la medianoche del 23 y 24 de junio porque los puertorriqueños nos lanzamos de espaldas al agua para celebrar la noche de San Juan junto a nuestros familiares y amigos.  Ahora yo busco a mi abuela a su casa en el verano, la llevo al mercado agrícola y pasamos la tarde cocinando para nuestra familia y amigos como ella solía hacer conmigo cuando yo era niña. Juntas hacemos una fusión de sabores de su tierra natal con los sabores de la mía para crear nuevas embocaduras que se convertirán en memorias vivas para futuras generaciones. 

Puerto Rico está compuesto de caribeños multiculturales que se unen para crear las embocaduras que deleitamos y las tradiciones y festividades que practicamos hoy en día. Nuestra isla es un hogar para todos aquellos que buscan incorporarse culturalmente a una comunidad rica en diversidad y por eso se convirtió en un hogar para mi familia. Cada familia aquí practica su propia versión de las tradiciones puertorriqueñas influenciadas por su historial familiar y eso es hermoso. Ser puertorriqueño es un orgullo; aquellos que dicen que el hogar es una persona y no un sitio, no nacieron en Puerto Rico. Mientras comienzo un capítulo nuevo en mi vida para continuar en mis estudios académicos no sé en dónde terminaré localizada, pero no importa a donde vaya yo llevaré a Puerto Rico en mi sangre. Tal vez viaje por todo el mundo en búsqueda de un sentido de pertenencia y volveré a Puerto Rico para encontrarlo. No puedo negar que Puerto Rico me hizo un hechizo. No importa a donde vaya llevaré conmigo mis tradiciones puertorriqueñas y multiculturales para hacer una fusión entre mi cultura y la cultura del país donde me encuentre para crear nuevas tradiciones para futuras generaciones de mi familia como lo hizo mi abuela.

Carolina Aguayo Plá

San Juan

Soy una puertorriqueña orgullosa y amante del color, el sabor y de pasar tiempo con mi familia y amigos. Como parte de la nueva generación de mi familia, soy la historiadora familiar. Al contar y escribir nuestras historias y al cocinar las embocaduras que se han convertido en elementos esenciales de nuestras reuniones familiares, creo que he encontrado uno de los vínculos que nos unen a nosotros y a toda la humanidad. Uno de los propósitos de mi vida es unir a las personas y, como ocurre con las tradiciones, la comida nos diferencia y nos une a todos.